A los seis años, muchas niñas ya han aprendido que la palabra “brillante” no les corresponde del todo. Un estudio publicado en la revista Science por Bian, Leslie y Cimpian (2017) señala que a los cinco años, niñas y niños se atribuyen por igual la posibilidad de ser “realmente, realmente inteligentes”; un año después, ellas comienzan a dejar de asociar esa cualidad con su género. Lo que no se les nombra, no se les ofrece. Lo que se les insinúa, se les queda.
Este 30 de abril, Día de la Niñez en México, vale la pena detenernos en una pregunta incómoda: ¿qué les estamos enseñando hoy, en este preciso momento, a la niñez e infancias sobre lo que pueden ser, sentir y aspirar? Porque ellas y ellos no son el futuro: son el presente. Y la igualdad de género no es una promesa que les heredaremos algún día; es una condición de su desarrollo aquí y ahora y que es obligación de todas y todos, independientemente de si tenemos o no hijas e hijos.
Los estereotipos socialmente impuestos sobre lo “femenino” y lo “masculino” llegan a la vida de la niñez e infancias antes que las palabras para nombrarlas. UNICEF documenta que, a nivel global, las niñas de 5 a 14 años dedican 40% más de tiempo al trabajo doméstico no remunerado que los niños de su edad. En México, la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (INEGI, 2019) confirma que esa brecha se reproduce desde la infancia y se ensancha en la adolescencia. No es solo trabajo: es tiempo que se les resta para jugar, estudiar, descansar, imaginar. Y es, sobre todo, una primera lección sobre quién cuida y quién es cuidado, el valor de esa actividad y su rol en sociedad.
La niñez aprende observando. Cuando en casa el cuidado, las tareas y la toma de decisiones recaen casi siempre en las mujeres, las y los niños no necesitan escuchar que “los hombres no cuidan”: lo ven. Las niñas no necesitan que les digan que “ese es su lugar”: lo aprenden por imitación. La Lancet Series on Gender Equality, Norms, and Health (2019) muestra que las normas de género restrictivas interiorizadas en la infancia son uno de los determinantes sociales más sólidos del bienestar a lo largo de la vida: afectan la salud mental, la educación, la autonomía económica y la exposición a la violencia. Y esa violencia no es abstracta: datos compilados por UNICEF México y la REDIM con base en registros hospitalarios de la Secretaría de Salud muestran que, en 2024, el 92.8% de las víctimas de violencia sexual de entre 1 y 17 años atendidas en hospitales fueron niñas y adolescentes mujeres. Cada uno de esos números es una violación a derechos humanos que tiene repercusiones brutales en el desarrollo de las niñas y adolescentes en México.
La buena noticia es que podemos -y debemos- hacerlo distinto. La investigación sobre paternidades activas y corresponsabilidad en los cuidados, documentada por ONU Mujeres, la OIT y la red MenCare, muestra que las hijas e hijos de padres que participan equitativamente en el cuidado tienen mejor desempeño académico, mayor autoestima y menor tolerancia a la violencia en sus relaciones futuras. Cuando un padre cambia un pañal, prepara un lunch o sale temprano de la oficina por una hija o un hijo, no está “ayudando” a la madre: está educando a alguien sobre quién es capaz de cuidar; y eso reescribe trayectorias.
En México, además, la igualdad de la niñez e infancias no es opcional. Está reconocida como derecho humano en el artículo 4° de la Constitución, en la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (2014) y en los tratados internacionales ratificados por el Estado mexicano: la Convención sobre los Derechos del Niño y la CEDAW. El principio del interés superior de la niñez exige que cada decisión ya sea pública, escolar, organizacional o familiar, se evalúe a la luz de lo que mejor protege sus derechos, incluida la igualdad sustantiva. Es una obligación jurídica y, al mismo tiempo, una cuestión de justicia intergeneracional: lo que no resolvamos hoy, lo seguirán cargando ellas y ellos mañana.
Las organizaciones también participan en esta conversación, aunque no siempre lo noten. Cuando una empresa no ofrece licencias de paternidad efectivas, trata la flexibilidad como un favor para las madres o penaliza a quien sale temprano por un asunto de cuidados, envía un mensaje a la sociedad: no nos importa el desarrollo de la niñez ni de las infancias del país.
Este 30 de abril, más allá de celebrar a la niñez con dulces, globos y discursos, podríamos preguntarnos qué tipo de presente les estamos ofreciendo. Si una niña a los seis años deja de creerse “realmente inteligente”, o si un niño aprende que sentir y cuidar lo “feminizan” (como si, además, eso fuese algo “malo”), la conversación sobre igualdad no es para mañana: ya llegó tarde.
La niñez e infancias no nos están pidiendo promesas. Nos están pidiendo coherencia: en casa, en la escuela, en las políticas públicas y en los lugares donde sus madres y padres trabajan. Esa coherencia se llama igualdad. Y es, hoy, una de las responsabilidades más importantes que debemos asumir como personas adultas.


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