El 87% de las organizaciones estadounidenses han declarado que la igualdad de género es una prioridad estratégica; sin embargo, solo el 31% de sus empleadas mujeres lo percibe en la práctica. Esa brecha no es un problema de comunicación; tampoco es un problema de voluntad: es un problema de gobernanza.
Uno de los casos de negocios mejor documentados y más sólidos en los últimos 25 años es el de la igualdad, no solo de género, sino de los procesos que permiten y garantizan a mediano y largo plazo la diversidad y la inclusión en las organizaciones. Las empresas con mayor diversidad de género y étnica tienen 39% más de probabilidad de superar financieramente a sus pares. Las que tienen menos diversidad en ambos ámbitos tienen 66% más de probabilidad de quedarse atrás (McKinsey, 2023).
Ahora bien, la igualdad efectiva es una realidad en la minoría de las organizaciones. ¿Por qué? Hay muchas respuestas posibles: el retroceso en materia de derechos en algunos países relevantes, la resistencia cultural, la falta de talento especializado. Pero hay una razón de fondo que pocas organizaciones están dispuestas a nombrar con claridad: la igualdad no se ha entendido como lo que es realmente. La igualdad no es solo un valor de la cultura organizacional, es un tema crítico de gobernanza que la mayoría de las organizaciones no ha sabido -ni ha querido aprender cómo- implementar.
Cuando la igualdad se trata solo como un valor y no como gobernanza, el resultado es predecible (y fatal): acciones aisladas, desarticuladas y, con frecuencia, superficiales: una charla sobre igualdad de género enmarcada en el 8 de marzo, pero sin revisión de los procesos de captación ni de promoción de talento; un comité de género creado con buenas intenciones, sin presupuesto ni programa que lo sustenten; acciones que no se miden ni evalúan y que, por lo tanto, nadie puede saber si funcionan o no.
El resultado de este enfoque no es neutro. Cuando las iniciativas de igualdad prometen resultados y no los entregan, no solo se desperdicia tiempo y dinero sino que se erosiona la confianza de las personas que más necesitan que esto funcione. Y eso tiene un costo que sí se ha medido: las mujeres líderes tienen 1.5 veces más probabilidad de irse a una empresa con mayor compromiso real en este tema (McKinsey, 2023).
La gobernanza es el conjunto de mecanismos mediante los cuales una organización toma decisiones estratégicas, gestiona riesgos, asigna recursos y rinde cuentas. Es la pregunta de fondo: ¿quién toma las decisiones estratégicas en tu organización? ¿con base en qué información? ¿qué sesgos operan sin hacerse conscientes y qué resultados negativos están generando ya? La igualdad, entendida así, no es un programa infructuoso de ciertas áreas de la compañía.
Asumir la igualdad como gobernanza significa usarla como una herramienta real de gestión de riesgos: prevenir discriminación, acoso, crisis reputacionales y pérdida de talento antes de que ocurran, no después. Significa que no garantizarla tiene consecuencias y que lo que se implementa se mide, se evalúa y mejora de forma continua. Significa, también, que la diversidad y la inclusión no son proyectos con fecha de inicio y fin: son parte de la arquitectura de decisiones de la organización.
Las empresas que han entendido esto no solo tienen mejores números, sino algo más difícil de construir y más difícil de copiar: legitimidad y sostenibilidad. Y eso, en el mercado de talento y de consumidores que viene, donde el 77% ya elige activamente marcas con compromiso real frente al impacto social, no es un diferenciador, es una condición de operación y de sobrevivencia.
La pregunta no es si tu organización tiene una política de igualdad; casi todas han hecho algo al respecto. La pregunta es si esa política está integrada en la forma en que se toman decisiones, se distribuye el poder, se anticipan riesgos y se rinden cuentas. Si la respuesta es no, no tienes una política de igualdad, tienes una declaración de buenas intenciones y una inevitable brecha que, tarde o temprano, alguien va a pagar.


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