Algo que he escuchado en incontables ocasiones es el temor a hablar de feminismos, de auto-nombrarte como feminista en cualquier espacio en el que se empieza a hablar de diversidad e inclusión. Para mi sorpresa, hablar de igualdad y no de equidad, también ha sido uno de los temas “tabú” con los que me enfrento cuando imparto capacitaciones y conferencias.
“Que quede claro que hablamos de oportunidades, no de los extremismos, como el feminismo” lo he escuchado muchas más veces de las que quisiera. Hasta cuando imparto clase (y en defensa del alumnado esto cada vez pasa menos) cuando pregunto quién se considera feminista, son pocas las manos que se levantan. Sin embargo, son las y los alumnos quienes me han ayudado a comprender mejor qué hay detrás de la reticencia a nombrarse feministas. Varias de las personas (generalmente mujeres), suelen decirme que no conocen a profundidad qué proclaman los feminismos y que les parece poco serio llamarse a sí mismas feministas. Otras, me dicen que la preocupación radica en que las feministas son extremas, son las que pintan, son las que rompen las reglas, son las “radicales”. Y creo que es esa idea la que tiene la mayoría.
Yo he encontrado en el feminismo el espacio para articular todas las frustraciones que he sentido desde pequeña por la desigualdad rampante en nuestra realidad. He encontrado un lugar donde se permiten las discusiones y que me ha reconciliado con las mujeres, que me ha enseñado que la idea de “la peor enemiga de una mujer es otra” es una mentira del patriarcado.
Pero también he encontrado en el feminismo un lenguaje complejo y que, lo he pensado desde hace mucho, nos impide transmitir con claridad los mensajes que queremos hacer llegar no a nosotras, sino a las demás personas que no están “inmersas”. Las feministas solemos hablar con nosotras mismas y, al hacerlo, nos hablamos al ombligo. He discutido en infinidad de ocasiones cómo esto hace que no lleguemos a quienes no se consideran feministas ni son cercanas a los temas que abordan los feminismos. “Transversalizar la perspectiva de género”, ¡vaya con la complejidad con la que hemos arropado a muchos de nuestros conceptos! Y no abogo porque los feminismos se vuelvan simplones o poco profundos, sino que logremos comunicarlos efectivamente, que sean sencillos para cualquier persona o, de lo contrario, estamos perpetuando aquello que queremos combatir. Nos volvemos ininteligibles, como lo es el derecho, por ejemplo, abigarrado e inasequible para casi todas las personas.
No digo tampoco que el miedo o la reticencia a los feminismos se limiten al lenguaje, pero creo firmemente que si pudiéramos simplificar los mensajes, podríamos explicarlos mejor y muchas de las personas que ahora los rechazan, entenderían la lucha y, quizá, hasta la harían suya.
Los feminismos, a diferencia de lo que creen algunos políticos, no son movimientos conservadores sino todo lo contrario, buscan transformar las estructuras de poder para que la identidad sexo-genérica de las personas no tenga como consecuencia una desigualdad en el acceso a recursos ni a derechos. Y eso nos conviene a todas y a todos, no solo porque podremos gozar más plenamente de nuestros derechos, sino de nuestros talentos y construir sociedades más prósperas y pacíficas.
Los feminismos no deberían darnos miedo. Miedo deberían darnos las desigualdades, la violencia, la discriminación. Los feminismos nos permiten ir deconstruyendo estas realidades y construir unas más igualitarias. Llamemos a las cosas por su nombre.
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