Estamos cerrando el mes de mayo en el cual, en México y en buena parte del mundo, celebramos el Día de las Madres. Hay flores, desayunos y mensajes cariñosos en redes. Y está bien: el reconocimiento importa, pero al día siguiente, cuando cesan las felicitaciones, millones de madres trabajadoras vuelven a enfrentar, en soledad, una carga que nunca debió ser solo suya.
No podemos seguir aplaudiendo a las madres un día al año y dejándolas solas los otros 364. Porque el cuidado de hijas e hijos, de personas mayores, de personas con discapacidad no es un asunto privado ni un gesto de amor que se resuelve “naturalmente” dentro de las familias; es trabajo: trabajo que sostiene la vida y sin el cual ninguna economía funcionaría.
En 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, mediante la Opinión Consultiva OC-31/25, reconoció por primera vez en la región el cuidado como un derecho humano autónomo, con tres dimensiones: el derecho a ser cuidado, a cuidar y al autocuidado. La Corte fue clara: el cuidado es una necesidad básica, ineludible y universal, de la que dependen la vida humana y el funcionamiento de la sociedad. Por ello estableció que los Estados deben crear sistemas integrales de cuidado, garantizar el acceso universal a servicios de calidad y promover la corresponsabilidad social, familiar y estatal. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, por su parte, ha llamado a los Estados de la región a avanzar en ese reconocimiento.
En México, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dio hace unos días un paso en la misma dirección. En una tesis publicada en mayo de 2026, reconoció que el trabajo doméstico y de cuidados implica un costo de oportunidad real -carrera interrumpida, crecimiento profesional sacrificado, autonomía financiera perdida- que debe repararse económicamente. Es el reconocimiento jurídico de algo que las mujeres han sabido siempre: cuidar tiene un precio y lo han pagado mayoritaria y desproporcionadamente solo ellas. Esa carga tiene consecuencias concretas en la vida de las mujeres, especialmente. Quienes cuidan descansan menos, interrumpen sus estudios, reducen o abandonan su participación laboral y ven obstaculizado su acceso a la seguridad social y a un proyecto de vida propio.
La respuesta a un problema de esta magnitud no puede ser individual ni dejarse a las familias únicamente, por eso se habla de un Sistema Nacional de Cuidados. Pero conviene precisar: como advierten Cynthia Michel, Guillermo Cejudo y Adriana Oseguera (Nexos, 2024), no cualquier programa que toque el tema constituye un sistema. Un verdadero sistema articula de forma integral la atención de distintas poblaciones, niñas, niños, personas mayores y personas con discapacidad, al menos, es de calidad y es progresivo. Y para construirse bien debe diseñarse con participación y pertinencia territorial, perspectiva de género, enfoque interseccional, promoción de la autonomía de las personas y corresponsabilidad. Y aquí un pequeño mensaje a algunas autoridades educativas: sí, las escuelas forman parte de ese sistema de cuidados debidamente articulado.
La buena noticia es que el tema ha ido avanzando en los últimos años, especialmente. A nivel federal, la reforma constitucional en la materia sigue pendiente, y aunque el Presupuesto 2026 incluyó por primera vez una etiqueta de cuidados, en buena medida reagrupa programas que ya existían, sin una estrategia articulada ni recursos nuevos.
La corresponsabilidad de la que habla la Corte Interamericana no recae solo en el Estado y en las familias: incluye también al sector privado. Las organizaciones suelen ver los cuidados como un tema “externo”, ajeno al negocio, pero no lo es. Cuando una empresa no ofrece licencias de paternidad efectivas, trata la flexibilidad como un favor o penaliza a quien sale temprano por una urgencia de cuidados, empuja a sus colaboradoras -sobre todo a quienes son madres- fuera de la fuerza laboral. Con ellas se van talento, experiencia y liderazgo. Las organizaciones que, en cambio, asumen su parte, retienen talento, fortalecen el compromiso y la productividad y se convierten en lugares donde quienes deciden reproducirse pueden seguir aportando su talente sin costos individuales.
Cerremos mayo con la reflexión de que las madres necesitan más que nuestro reconocimiento público. El cuidado es un derecho de todas las personas y sostenerlo es una responsabilidad de todas y todos.


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